La guerra del fútbol

La guerra del fútbol
Pelé se sube encima de Jairzinho para celebrar su tercer reinado mundial (SVEN SIMON / GTRES)

¡Qué Mundial! La relación de jugadas míticas y de partidos inolvidables que dejó el torneo mexicano de 1970 parece difícil de igualar. Pero la historia empezó de la peor manera, con la eliminatoria de la zona centroamericana entre Honduras y El Salvador. Un choque a doble partido, en junio de 1969, que acabó en combate nulo (1-0 en Tegucigalpa; 3-0 en San Salvador) porque la diferencia de goles no contaba y dio paso a un desempate, en la capital de México, el 27 de junio. Todo ello en un ambiente de tensión social marcado por los más de 300.000 salvadoreños que trabajaban el campo en Honduras y eran víctimas de un trato inhumano y de persecuciones por grupos clandestinos.

El desempate fue favorable a El Salvador (3-2) y la celebración de los salvadoreños en tierra hondureña prendió la mecha y tuvo su réplica al grito de “Hondureño, toma un leño y mata a un salvadoreño”. El ejército invadió Honduras, hubo ataques aéreos y entre cuatro mil y seis mil muertos civiles en una contienda que se recuerda como “la guerra de las cien horas”, pues se alargó cuatro días, hasta la intervención pacificadora de la Organización de Estados Americanos.

En un tono mucho menor, pero igualmente recordado, se produjo la eliminación de España en la fase previa. La derrota del 23 de febrero de 1969 en Bélgica (2-1) fue determinante y acabó con un tumulto en el que no se arrugaron los barcelonistas Gallego y Eladio. Éste último, expulsado, se negó a abandonar el césped y fue detenido y agredido por la policía. La pelea final en el túnel de vestuarios no fue apta para menores. La leyenda cuenta que, en el embarque de regreso a España, el policía de fronteras que revisó el pasaporte de Eladio lo abrió por la fotografía, miró al futbolista, comparó una imagen con la otra y cuando se dio por satisfecho escupió en el pasaporte, lo cerró y se lo devolvió con una sonrisa.

A pesar de tan malos augurios, el Mundial fue un éxito esplendoroso. El primero con profusión de color, en las filmaciones, en las publicaciones, en el recuerdo. El primero con tarjetas (amarilla y roja, aunque ésta no llegó a utilizarse) y con sustituciones, dos. Pero con dudas aún sobre su utilidad, como en el caso de Italia, que tenía dos futbolistas de corte creativo nato, Sandro Mazzola y Gianni Rivera, y apostaba por hacerles jugar media parte a cada uno. Fue también el primer Mundial con balón oficial Adidas, el Telstar, con sus reconocibles pentágonos blancos y negros.

Y fue, sin duda, el Mundial del primer tricampeón, la consagración de Brasil al superar a Italia (4-1) en una gran final. Un torneo con partidos que forman parte de la historia de este deporte. El Italia-Alemania de semifinales, resuelto (4-3) en la prórroga es reconocido como “el partido del siglo”, por su enorme calidad, emoción y lucha. Italia marcó en el minuto 8 (Boninsegna) y se consagró a su especialidad mundialmente reconocida, la defensa de un resultado con zarpazos amenazadores. Alemania, fiel a su imagen de marca, nunca se rindió. Y empató en el minuto 90. En la prórroga sobresalió la imagen de Franz Beckenbauer resistiendo sobre el césped con un brazo en cabestrillo. Cinco goles, cinco, se marcaron en el tiempo añadido. Y concentrados en sólo 17 minutos. Primero Gerd Müller (94), pero empató Burgnich (98). Luego Gigi Riva (104), pero otra vez Müller (110). Y finalmente Rivera, en el 111, colocó el 4-3 definitivo. Los 102.444 espectadores apenas podían moverse del asiento.

Pero aún hay más. Porque fue el Mundial de una de las delanteras más míticas de la historia de Brasil, con todo lo que esto significa: Jairzinho, Gerson, Tostão, Pelé y Rivelino. Fue el tercer título de Pelé, que dejó varias jugadas para el recuerdo y eso que las tres más famosas no acabaron en gol. Primero, el sensacional remate de cabeza ante Inglaterra, con el balón picado al suelo para que botara justo ante la raya. Imparable. Pero no para Gordon Banks, que consiguió sacarlo de forma milagrosa. Luego el fabuloso regate, sin tocar el balón, ante el meta uruguayo Mazurkiewicz, que nunca supo si debía seguir a Pelé o al esférico. Y finalmente el que ha pasado a la historia como “el gol de Pelé”, aunque no entró: el disparo desde campo propio ante el meta checo Viktor, que se había avanzado. ¡Qué Mundial!

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